Por: Wilmer Rojas
Bustamante.
García (2013, p.8), profesor
emérito de la Universidad Complutense de Madrid, se pregunta con ironía “¿cómo puede ser
posible que haya casi dos mil millones de seres en la miseria, sin acceso al
agua potable, a la instrucción básica, a la sanidad más elemental, a una
maternidad responsable, a un medio ambiente degradado por el despilfarro de una
industria letal, por la codicia de unos pocos?” Esta interrogante, desde el
punto de vista educativo, es un cuestionamiento al rol que juega la educación
en el mundo, porque no es posible que actualmente el hombre haya desarrollado
una tecnología extraordinaria, como la nanotecnología y que la mayoría de
habitantes de nuestro planeta no tenga la salubridad necesaria para una
existencia digna y que año tras año
mueran millones de niños y adolescentes por desnutrición crónica y por no ser
atendidos oportunamente en los centros
de salud con las vacunas básicas para sobrevivir a las múltiples epidemias que
asolan a la humanidad.
El siglo XXI demanda una
actitud diferente del ser humano, pues vivimos en una sociedad que ha
evolucionado hasta convertirse en una civilización que plantea grandes retos,
desafíos que deben ser asumidos por las instituciones formadoras de Educación
Básica regular y las Instituciones Superiores No Universitarias (Institutos
Superiores Pedagógicos, Institutos Superiores tecnológicos, entre otros) y las
Instituciones Superiores Universitarias. La Sociedad del Conocimiento requiere
de un proceso educacional centrado en el estudiante, particularmente en el
desarrollo de sus capacidades y valores; por eso es importante que los
educadores propiciemos el desarrollo mental de los estudiantes, para que este
mismo individuo pueda construir el conocimiento y, por añadidura, comprenda los
procesos que operan en sí mismo (Panza, 2013), ya que actualmente vivimos en
una sociedad más dinámica, cuya característica más destacable es la complejidad.
Si nos remitimos a los
resultados de las últimas evaluaciones (PISA) a los estudiantes de Educación
Básica Regular en nuestro país y a la evaluación censal que todos los años
lleva a cabo el Ministerio de educación, nos daremos cuenta que la educación en
el Perú es de muy mala calidad, ya que estamos en los últimos lugares en el
mundo. Los alumnos no comprenden lo que leen ni razonan lo suficiente como para
resolver problemas básicos de matemática. ¿Son los docentes los únicos
responsables de este desastre académico? En parte sí, porque el estado no ha
sabido llevar a cabo una política acertada para promover una educación de
calidad. Hace menos de tres décadas, los “docentes” que educaban a los alumnos
eran personas con educación secundaria, y en muchos casos ni siquiera la tenían
completa. Además de falta de entrenamiento académico, estas personas, en un
número significativo, no tenían vocación para el trabajo docente, de tal manera
que la educación de varias generaciones estuvo en manos de seudo profesionales
de la educación, que a pesar de sus mejores esfuerzos, le ocasionaron un gran
daño a la educación del país; pero como la tarea de educar no es exclusividad de los docentes, la
responsabilidad también recae en la familia, la comunidad y el Estado.
No es casualidad, entonces,
que en plena civilización cognitiva aún se sigan trabajando en las aulas con
estrategias, metodologías y currículos rígidos, y que el docente siga siendo el
centro de la enseñanza. Si a este deplorable cuadro le añadimos la falta de
infraestructura básica en las instituciones educativas, la falta de
implementación en las aulas con materiales educativos y con tecnología y
laboratorios para fomentar la investigación, los resultados siempre van a ser
negativos. Para cambiar la educación es necesario que haya un equipo de
gobierno que incluya al presidente, ministro de economía, primer ministro y
presidente del congreso, que crean en la necesidad de cambiar la educación y
para lograrlo hay que invertir en infraestructura moderna e interactiva, profesores,
que deben de ser del segmento más alto de calificación del mercado, equipos y
materiales modernos y suficientes, convenios de consultoría internacional y
viajes de capacitación de los promotores y del personal, inglés intensivo, etc.
Si el estado no está dispuesto a invertir lo necesario para sacar adelante
proyectos de vanguardia, como la hace Europa, EE.UU. Nueva Zelanda, Australia,
la educación no va a salir de la crisis en la que se encuentra (Trahtemberg,
2013).
Aguerrondo (2009, p. 2 ),
investigadora argentina de la Oficina Internacional de Educación, afirma que “los
sistemas escolares, desde su creación, son el dispositivo social para la
distribución del conocimiento ‘socialmente válido´”, lo que plantea un
cuestionamiento a los contenidos que se imparten a través Diseño Curricular
Nacional, que a pesar de ser diversificado en las regiones y de acuerdo a las
necesidades de los estudiantes, nos invita a reflexionar hasta qué punto las
competencias son válidas para formar al nuevo hombre que el país necesita en
las circunstancias actuales. Hace mucho tiempo se sabe que el alumno no es
objeto de enseñanza sino un sujeto de aprendizaje, como también se sabe que
enseñar es organizar experiencias de aprendizaje para que el alumno avance en
su proceso de construcción del objeto de aprendizaje; sin embargo, todavía nuestro sistema escolar, a pesar de las
capacitaciones, que además solo llegan a una minoría, no ha logrado superarlas,
pues las prácticas anacrónicas aún conviven en el ejercicio cotidiano del
quehacer pedagógico.
Una de las dimensiones de la
crisis de los sistemas educativos tiene que ver con que están en crisis los
modelos hegemónicos de cómo enseñar y qué enseñar en el siglo XXI, teniendo en
cuenta los cuatro pilares de la educación o los pilares del conocimiento en la
persona: aprender a conocer, que significa adquirir los instrumentos del
conocimiento para comprender el mundo que nos rodea; aprender a hacer, es decir
a actuar con sensatez para influir sobre el entorno y vivir dignamente;
aprender a convivir y a trabajar en proyectos comunes para la comprensión mutua
y la paz; aprender a ser, que implica el desarrollo de la propia personalidad y
la capacidad de autonomía, de juicio y responsabilidad social.
En nuestra realidad todavía
predomina la ciencia normal y hay muchas dificultades para el surgimiento y
consolidación de nuevos paradigmas, en particular, de las ciencias de la complejidad (Aguerrondo,
2009). No olvidemos que esta sociedad se define como la sociedad del
conocimiento por la característica del lugar del conocimiento científico en
ella. La era del conocimiento se basa en otro conocimiento, uno que no entiende
el cambio como disrupción (rotura brusca) del orden sino como innovación
prometedora. En este caso la ciencia ya no describe y explica los fenómenos
sino que conlleva la creación, la modificación de la naturaleza. El desafío de
los cambios educativos es cómo resuelve la nueva sociedad la necesidad de
distribución equitativa del conocimiento, qué características tiene que tener
dicho conocimiento para que sea socialmente válido y cómo se organiza el
entorno social para hacer posible el aprendizaje a lo largo de la vida, porque
en la actualidad cualquier profesional necesita actualizarse permanentemente
sino quiere convertirse en un
profesional sin futuro.
Para la Dirección General de
Educación y Cultura de la Comisión Europea, los sistemas de educación y
formación deben adaptarse a las demandas de la sociedad del conocimiento. Y
para que esto ocurra se deben desarrollar destrezas básicas como: TIC, cultura
tecnológica, lenguas extranjeras, espíritu emprendedor y habilidades sociales;
pero además se deben desarrollar las competencias básicas, que son un
prerrequisito para un rendimiento personal adecuado en la vida, en el trabajo y
posterior aprendizaje. Entre otras competencias tenemos: comunicación en la
lengua materna y en la lengua extranjera, competencia matemática y competencias
básicas en Ciencia y Tecnología, competencia digital, etc. ¿Qué cerca de estos
requerimientos se encuentra la escuela peruana? Es obvio que aún nos falta
mucho por recorrer para iniciar el camino hacia una verdadera revolución en la
educación peruana; sobre todo falta decisión política, creer que invertir en la
educación, en la ciencia y desarrollo, es tener la posibilidad de salir de la
pobreza, de superar los grandes males por los que el Perú atraviesa desde que
los españoles desembarcaron en el territorio de nuestros ancestros.
Además, es necesario
que los educadores de todos los niveles
educativos nos impliquemos personal, emocional y moralmente en nuestro trabajo
cotidiano, ya que ésta es condición para la valoración de los alumnos. Ser
profesores requiere de valores, actitudes, aptitudes, para potenciar el desarrollo personal de los
alumnos.
En conclusión, podemos
inferir que como formadores no estamos logrando que el estudiante realmente
aprenda como debería hacerlo, es decir para enfrentar con éxito los grandes
retos que la sociedad del conocimiento demanda, ya que no contamos con un
profesional altamente calificado, ni con la infraestructura adecuada, ni con la
tecnología suficiente, porque, como
García (2010, p. 31) afirma “la educación debe proporcionar las
cartas náuticas en un mundo complejo y en permanente agitación, al mismo tiempo
la brújula para poder navegar por él y el ancla para detenerse, anticipar y
valorar rutas a seguir”.
BIBLIOGRAFÍA:
García, J (2013, 26 de
febrero). El mundo se ha vuelto aldea.
El Tiempo, p. 8
Trahtemberg L (2013, 2 de
marzo). ¿Por qué tenemos que ser
ministros? El Tiempo, p. 8
Aguerrondo, I (2009). Conocimiento complejo y competencias
educativas. Obtenido el 26 de febrero de 2013, http://www.aufop.com/aufop/home-26/02/2013
García, E (2010). Competencias éticas del profesor y calidad de la educación.
Obtenida el 27 de febrero de 2013, http://www.ibe.unesco.org/fileadmin/user_upload/Publications/Working_Papers/knowledge-27/02/2013